- Temes al invierno?

- No.

- ... márchate.

Portada

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27 abr. 2010

Curiosidad

Aquello era... indescriptible.

Que se humillaran de aquella forma, con todos aquellos... chillidos horrísonos y repugnantemente empalagosos.

- Estúpidas.- murmuró Shasha mientras, procurando ser de las últimas en hacerlo, descendía  del autobús y pisaba el cemento de la amplia entrada flanqueada por nieve a ambos lados.

Luego alzó la vista al cielo y comenzó a avanzar usando su querida carpeta azul oscura recién forrada, malditas fueran todas, como un ariete para abrirse camino entre la multitud creciente de... chicas.
Si todavía se las podía considerar como tal, porque Shasha comenzaba a desear no compartir ni una sola partícula de su adn con aquellos, seres, por llamarlas de alguna forma.

- Increíble. Y todo, todo por un maldito... idiota.

Sin dirigirle ni una sola mirada al motivo de tanto júbilo entre las hormonas ambulantes del instituto hechó a andar mirando al suelo y alejándose por entre la nieve para acceder a las enormes puertas de entrada.
Estaba llegando, por fin, y se dispuso a abrirlas, pero antes de que su mano tocara el tirador, otra las empujó y las abrió.

- Las damas primero.- dijo una voz suave y a la vez irónica, una voz que echaba muchísimo de menos desde que se había marchado a los campeonatos, una voz que le revolvió el pelo y le sonrió como no hacía con nadie mas.- Hola, pulguita.

- Nine!!- exclamó, olvidándose de pronto de todo lo malo que le había pasado en el día y lanzándose a abrazar a su alta amiga, que la cogió pero la apartó riendo, recordándole que no le gustaban los abrazos, cosa que Shasha ignoraba a propósito.

Se observaron la una a la otra, ambas con los ojos brillantes, unos grises como el hielo, otros color ambar con extrañas motitas verdes, que cambiaban según su humor y ahora relucían como si tuvieran luz propia. Shasha se tocó el pelo para mostrárselo, pues ella era la única que le decía que lo tenía precioso, y su amiga sacudió el suyo, negro como el ala de un cuervo, y cortado incluso más, pero menos rebelde. Las excusas de ambas eran las mismas, así es más rápido de peinar y no molesta en los ojos. Pero el de Shasha siempre acababa creciendo hasta sus hombros, mientras que Nine procuraba mantenerlo a raya a partir de debajo de sus orejas. Tras decidir que se lo cortarían de nuevo en breve, pasaron a su querido ritual.

Como siempre, se midieron, comrpobando cuantos centímetros quedaban para superar aquella muesca hecha por alguien en la puerta, que casi trozaba el metro noventa y cinco y que pretendían o soñaban superar, aún sabiendo que era imposible.

- He crecido tres en verano, supera eso.- le dijo la menor, segura de que esta vez ganaría.

- Shasha...- dijo Nine suspirando mientras se acercaba a su oído.- Te llevo 3 años y siempre, siempre, seré más alta.

- Te alcanzaré.

- He crecido cinco.- le dijo como quitándole importancia mientras se tiraba de un mechón del flequillo.

Haciendo las cuentas, Shasha abrió tanto los ojos que parecían espejos, y tras omitir un bufido se echó a reir.

- Si sigues así serás más alta que un árbol.

- A callar, enanita.

- Serás...

Ambas se vieron obligadas a interrumpir sus carcajadas cuando la sirena reclamó a los desperdigados estudiantes a sus respectivas y nuevas aulas.

Cuando se despedía, Shasha vio que su amiga dirigía una mirada al patio y fruncía el ceño de una forma extraña, casi como si se hubiera enfadado. Siguió la dirección de sus ojos, pero lo único que vio fue la masa de estudiantes chillonas de antes, por lo que decidió que ambas habían pensado lo mismo.

Aun fue más raro cuando su amiga le pasó un brazo por los hombros, cosa que nunca hacía, pues a pesar de la confianza, procuraba evitar el contacto lo más que podía, y la arrastró hacia dentro.

- Nim..pero, que haces?- dijo usando el nombre que solo empleaba cuando estaban solas.

- Calla, Shae, calla y camina.- le murmuró entre dientes mientras clavaba sus ojos en algún punto delante de ellas y la empujaba hacia las aulas.

Cuando llegaron a la clase de Shasha, que ella no entendía como su amiga podía saber cual era pues no recordaba habérselo dicho proque ni ella lo tenía claro, la empujó con la mano mientras abría la puerta y casi la tira dentro.

Ella se quedó mirando durante un segundo la clase vacía y luego se volvió llena de reproches hacia su amiga, dispuesta a exigir una explicación.

Pero algo en los ojos de la morena la hizo detenerse y soltar la mochila.

- Nim...?

- Vendré a recogerte en el descanso. No - dijo subrayando la palabra- salgas de clase sola, ni para ir al baño. Aguántate o que te acompañe alguien.

Y tras decir aquello en el tono más indiscutible de su amplio repertorio de tonos indiscutibles, cerró la puerta del aula y desapareció en un parpadeo.

Shasha se mordió el labio nerviosa y buscó una silla al fondo y cerca de una ventana.

Necesitaba una explicación... pero de alguna forma se alegraba de tener a su amiga cerca.
Y no sabía por qué.

23 abr. 2010

Impaciencia

Parecía haber pasado un siglo desde que contemplara el paisaje helado a través de las empañadas ventanillas del autobús.



Pero ahí estaban de nuevo, los mismos árboles contemplados durante años, unos más viejos, otros desaparecidos... y nueva vida allá donde mirara, aunque aquel invierno parecía querer ocultarlo todo bajo su blanco manto.

 Le pareció ver la sombra de un lobo entre los árboles, pero un empujón en el hombro la hizo chocarse contra el asiento y tuvo que apartar la mirada sin poder confirmarlo. Para cuando volvió a mirar no había nada.


Se sacó el auricular derecho y contempló a su acompañante enfadada.


- Gabby... por favor?

 La alta morena que le sacaba unos cuantos centímetros, movió su bonita melena oscura y la miró despistada, mientras se llevaba un manchado dedo de pintura, cosa habitual en ella, a los labios para pedirle silencio.


- Qué me calle? Pero por qué dem...


Mientras se incorporaba pudo observar lo que tenía preocupada a su compañera, por lo general una persona tranquila.

 En medio del pasillo del autobús se había producico... un accidente. A una de las chicas se le había caído la mochila y con ella un montón de libros se habían desparramado por el suelo... con la mala suerte de acabar un par de ellos en las manos de los idiotas del instituto.


- Kevin, por favor, dame las libretas.- le decía la chica, bajita y con cara de estar bastante avergonzada.


El interpelado, un pelirrojo de casi metro noventa, y bastante de ancho como para equipararse a un armario, que la contemplaba como si evaluara las posibilidades. Y pareció decidir que tenía las de ganar, sobre todo cuando miró hacia atrás y vio a sus dos gorila-compañeros, Kurt y Sloan, tan tontos como feos y brutos, listos para ayudarle en caso de que alguien los interrumpiera.


- Esas no son formas de pedir las cosas, pequeñita. Tienes que decir, oh grandioso señor Kevin, tenga la piedad de soltar mis libros y saldré con usted toda la semana.- le soltó con una desagradable mueca que dejaba al descubierto sus dientes mellados por las peleas en hockey.


Todo el autobús zumbaba con los murmullos de la gente, pero Shasha y Gabrielle sabían que nadie levantaría la mano contra ellos. Aquel día no había profesor como acompañante, y era poco probable que lo hubiera en mucho tiempo a no ser que alguien denunciara aquellos abusos.


Shasha se sintió... extraña. Sobre todo porque había comenzado a levantarse del asiento. El autobús seguía circulando, ya tan solo quedaban unos metros para la siguiente parada, y quizá tal vez allí se subiese algún chico que pudiera ayudar... y porqué narices pensaba eso si sabía que en aquella parada nunca se subía nadie, que era la que estaba delante del bosque y más alejada de la ciudad. Allí no aparecería nada más que el viento. O algún ciervo...



Y sin embargo, se encontró delante de la chica que ya sollozaba, deseando que su amiga Nine estuviera presente, pues le habría dado dos sopapos al estúpido de Kevin y el no se habría atrevido con la capitana del equipo de tenis, natación, voleyball, baloncesto y taekwondo, del colegio. Incluso podría ser la capitana de hockey, pero no le gustaba la compañía.

Y a Shasha tampoco.


- Ya basta, idiota. Devuélvele los libros a Maria y déjala en paz de una maldita vez. Nadie con dos ojos sanos en la cara querría salir con un maldito baboso como tu.

Si no los hubiera tenido delante, se habría llevado una mano a la boca, sorprendida. Aquello era tan impropio de ella como sería de Nine pedir algo por favor. Desde luego aquel día se volvía extraño por minutos... a la mañana le había quitado el último par de tortitas a su hermano mayor, Jules, cosa que nadie se atrevía a hacer. Y se había quedado tan contenta, al salir por la puerta antes que los gemelos sin recibir ni un solo impacto de nieve embarrada tras amenazarlos con tirarle la play station al pozo.

Acaso un demonio irascible la había poseído?

No es que le molestara, pero el demonio debería comenzar a pensar en las consecuencias de que un metro noventa de carne y espinillas te mirase con cara de querer descuartizarte.

Sobre todo sabiendo que podía hacerlo.

Pero Shasha no se apartó. Quizá porque María había dejado de llorar y se había dado la vuelta mientras pronunciaba un suspiro de agradecimiento y se colocaba a su lado para enfrentarse a aquellos ogros, por llamarlos de alguna forma.


Algunas veces, parecía que aquellos chicos pensaban, pero siempre era para hacer algo peor.

Y desde luego, así eran sus intenciones, cuando comenzaron a insultarla.

- Vaya, mirad quien se ha levantado.- murmuró el apestoso de Kurt en voz suficientemente alta como para que lo oyeran los que lo rodeaban.- La perra del colegio. Eh, chica husky, has tomado tu pienso hoy?


Sloan, como siempre, no hablaba, solo coreaba los gritos y las carcajadas. El autobús no se detuvo en la parada, pues como siempre no había nadie.


- Si, Kurt, la perrita ha salido sin su collar. Y parece que ha evolucionado a bruja de las nieves, porque mira, hoy está especialmente blanca. Te casarás con una tiza, husky bonita? Es la única que iguala tu color de piel!- gritó el pelirrojo, sonriendo con sarcasmo y creyéndose el rey del mundo.


- Siempre será mejor una tiza que tú, plantación de espinillas ambulante.- le espetó Shasha sin pensar.

Y esta vez si se rieron. Se rieron incluso sus propios compañeros, al igual que todo el autobús.

Pero la carcajada general, se cortó de golpe, cuando Kevin, levantándose de su asiento, se acercó amenazadoramente hacia las dos chicas, mientras alzaba una mano.

- Te voy a enseñar como a los perros de mi tío, maldita...aaaaaahh!


Su grito rompió el silencio penetrante del autobús, llenándolo de murmullos de duda por saber cual era la causa del susto de Kevin.

Pero no gritaba de miedo, o quizá si, aunque más bien la causa parecía ser el hecho de que su brazo estuviera doblándose y retorciéndose, comenzando por la muñeca y prolongándose más allá del codo, como si todos sus tendones y sus músculos quisieran salirse de su cuerpo.


Maria y Shasha se miraron, sorprendidas, como si pensaran que una u otra estaban haciendo algo. Pero aquello no paraba.

- Ayudadme!!! Ayudadme!- gritaba desesperado el pelirrojo mientras se sujetaba el brazo y lloraba.

Aquello era casi demasiado, pensó Shasha mientras se acercaba a el y lo sujetaba.

- Kevin, basta. Nadie te esta tocando, no seas idiota y contrólate.


El chico la contemplaba como si no la conociera, mientras el brazo adquiría una tonalidad rojiza y comenzaban a aparecer negrones.

Shasha lo miró con pena pero no sabía que hacer. La gente comenzó a levantarse para observarlos, y Maria le tiró del brazo para que se apartara. Pero no podía dejar que nadie lo pasara tan mal... era horrible.


Y de pronto el autobús frenó de golpe, haciendo que los que estaban de pie se deslizaran por el húmedo pasillo y consiguieran sujetarse a duras penas.



- Pero qué...- exclamó el conductor mientras se levantaba el gorro polar que llevaba.- Malditos animalejos sueltos...



La puerta doble se abrió y dejó entrar una ráfaga del gélido aire de la mañana.


- Has tenido suerte chico. Unos metros más y no te habría cogido. Pero aún estamos dentro del radio de la parada, así que... sube.



El conductor no obtuvo respuesta, pero las puertas se cerraron y el vehículo arrancó con un crujido de los neumáticos en la nieve.

Las animadoras, que siempre se sentaban delante, profirieron un escandaloso ''oooh'' de admiración seguido de esas estúpidas risitas que Shasha tanto odiaba.


Mientras intentaba recuperar la posición vertical perdida en el frenazo, se encontró mirando a unas botas negras de motorista y unas piernas nada familiares.



- Deberías volver a tu asiento para no estorbar en el pasillo.- le soltó una voz suave y modulada, pero ala vez inconfundiblemente masculina.



Luego los pies desaparecieron y Shasha sintió como algo pasaba sobre ella y continuaba su camino hacia el fondo del autobús, la única parte vacía por ser la más fría.


Se levantó torpemente y se dio cuenta de que la única que estaba allí de pie era ella, que Maria le hacía señas para que se sentara, al igual que Gabrielle, y que Kevin estaba en su asiento intentando aparentar que no sentía dolor alguno, pero su brazo casi había vuelto a la normalidad.

Mordiéndose el labio, se dirigió a su sitio, el cual estaba helado de nuevo, y se sentó enfadada y con las mejillas encendidas.



- Te encuentras bien?-le preguntó amablemente Gabby.

- No. -respondió ella molesta mientras se ponía los auriculares de nuevo y subía el volumen al máximo para que Fall Out Boy le hicieran olvidar todo.



No la hizo sentir mejor el hecho de buscar en el reflejo de la ventana el rostro de aquel que se había subido a la ventana.

Y menos aún la impaciencia de llegar al instituto para poder decirle cuatro cosas cuando lo pillara desprevenido.

18 abr. 2010

Sueño

15 años después


- Somewhere over the rainbow...

La increíble voz de Norah Jones se filtró poco a poco en su cabeza, mientras, perezosa como un gato, se estiraba dentro de su mullido colchón negándose a despegar los párpados y salir de su apetitoso letargo.

Tanteó la mesilla plegable colocada al borde de su colchón con la mano hasta que encontró el traidor móvil, haciéndolo desaparecer bajo la pila de mantas y silenciándolo hasta... la mañana siguiente.

- O hasta que alguna de tus escasas amistades te llame.- murmuró una soñolienta voz, 78 centímetros por debajo de su almohada.

- Cierra tu metálica boca, Riley.- le gruñó el montón de mantas a aquella insidiosa vocecilla, perteneciente a una niña de 12 años, con la boca llena de hierros para corregir problemas del paladar. Paladar que no tenía problema alguno para gritar en el momento oportuno, ya que su advertencia había sido desoida, llamando a una autoridad mayor.

- Mamáaaaaaaaaaaaaaaaa!!! Shasha no se levanta y perderá el autobús!!

- Cállate niña pesada!- gruño de nuevo el montón de mantas mientras la mano volvía a asomar y lanzaba el móvil a modo de proyectil hacia la cama inferior, sin mucho éxito pues la ocupante ya se había lenvantado.

La puerta pintada de azul del cuarto se abrió, trayendo consigo el helador frío del amanecer y un suave olor a miel y tortitas, además de una cabeza poblada de perfectos rizos negros, perfectamente colocados y en perfecto orden... tan asquerosamente perfectos como la perfectísima dueña.

- Eh, niñatas, mamá dice que como no os levantéis rápido, os iréis sin desayunar y con un almuerzo de verduras.- dijo la chica perfecta mientras contemplaba su nuevo fruncimiento de labios especial para atraer a los chicos en el diminuto espejo de su polvera.
Tras desprender una invisible pelusa e ignorar los gritos de protesta de la pelirroja chivata, se fue cerrando la puerta delicadamente, como haría una señorita.

La única ocupante visible de la habitación, frustrada por la injusticia de todo aquello, echó la lengua al montón de mantas y salió de la habitación aún en pijama, gritando que le dejaran tortitas y que Shasha era idiota.

Por su parte, el montón de mantas llamado Shasha e insultado de diversas formas, pareció decidir que ya no podía remolonear más, pues se estiró y removió hasta caer en un montón aún más revuelto que antes, dejando a la vista una cabeza cubierta por un suave pelo gris, tan alborotado como las mantas.

- Esto es peor que una dictadura.- dijeron unos pequeños labios resecos por el reciente sueño mientras una mano frotaba furiosamente el rostro, intentando despejar inutilmente, la somnolencia acumulada durante semanas.

Sintiéndose como un helado, se dejó caer de la cama, aterrizando sobre la mullida alfombra mientras cogía su cepillo de dientes y abría la puerta para dirigirse al baño, con la vana esperanza de encontrarlo...
Ocupado.

- Oh... Cam!! Cam!- su mano aporreó la puerta y movió el tirador, sabiendo que lo hallaría cerrado. Pero si el ocupante era quien ella pensaba...- Cam, sal de una maldita vez!

- Vete a la porra, Shasha. Tengo que ducharme y afeitarme, y luego echar la crema hidratante, y hoy vendrán los estudiantes nuevos, así que.. Fuera!!

La chica del pelo gris, contempló la puerta con cansancio, mientras oía el sonido del agua de la ducha y los gritos de la mitad de su familia en el piso inferior, disputándose el desayuno no precisamente escaso, pero la pelea lo volvía interesante según su padre.

Volvió a su habitación, arrastrando los pies por el pasillo y esquivando la cuchara que le lanzó uno de los gemelos, Warren probablemente, aunque en aquel momento no los distinguiría ni aunque le pagaran. Solo eran dos críos más dentro del ingente montón de personas que convivían en aquella casa, demasiado apretados. Por muchas ampliaciones que hiciera su padre, parecía que acababan ocupando más y más...

Contemplando con aspereza la abandonada cama, volvió sus pasos hacia el espejo y se observó detenidamente, en busca de algún cambio por pequeño que fuera.

Le devolvió la vista una chica alta y delgada, de piel blanca que por mucho que su hermana la envidiara, a ella le habría gustado poder ponerse morena de vez en cuando; su pelo, apenas le rozaba los hombros, cortado de forma irregular al igual que el flequillo, que le caía hacia el lado izquierdo, en un vano intento de ocultar un poco sus... ojos.

Al igual que siempre que miraba, sintió un escalofrío de agrado y a la vez repulsión al contemplar aquellos límpidos orbes de un azul tan... extraño en los humanos. No tenían matices apenas, tan solo tonos un poco más oscuros hacia fuera. Por lo demás... azules como el hielo.

Shasha apartó la vista de su frustrante reflejo y la posó en las gafas de sol, que había podido llevar durante el verano. Pero ahora, estaban ya a mitad de septiembre, y no había excusa.

En su visión periférica destacaba el resplandor amarillo del fluorescente que enmarcaba aquel día en el calendario, día que se acercaba lento pero imparable.
El día en que cumpliría dieciséis añós.

Se preguntó porque tenía que celebrarlo... a fin de cuentas, nunca le regalaban nada, descontando los regalos de Nine y Caroline, sin contar a  Dylon porque siempre le regalaba cosas de deporte, las únicas personas que parecían querer estar con ella sin pedirle nada a cambio. Sus únicos amigos.

Pensar en ellos le hizo animarse un poco, y mientras abandonaba la relativa seguridad de su habitación para adentrarse en territorio hostil, alias la cocina, una breve sonrisa de anticipación se imprimió en su cara.

Por fin comenzaban las clases, y cada año tenía... sopresas nuevas.

16 abr. 2010

Lluvia

El monótono golpeteo rítmico llenaba todos y cada uno de los rincones de la cabaña. Se unían a el, el silbido del viento entre las juntas de madera de las contras y el suave crepitar de la pequeña hoguera, que a duras penas permanecía encendida a causa de la humedad.

En una de las ventanas, la mano de una mujer se separó del cristal dejando tras de si una leve huella allí donde su aliento había alcanzado el cristal.

- Crees que parará pronto?

Teniendo el silencio como única respuesta, la mujer se giró y contempló con el ceño fruncido al ocupante del sofa de mimbre que se hallaba estratégicamente colocado frente a la chimenea.
Aquel gesto pareció llamar la atención del hombre, pues tras un enorme suspiro, contempló la ventana donde antes había estado la mujer.

- Ya sabes la respuesta. Porbablemente estemos días así, y luego todo estará lleno de barro. Habrá que recuperar las plantas que no queden sepultadas, pero al menos los animales están resguardados...

El hombre se interrupió bruscamente y ella se abrazó los codos con un escalofrío. A fin de cuentas ambos habían escuchado perfectamente aquel quejumbroso aullido, demasiado humano para ser animal y demasiado animal para ser humano.
Quizá el sonido no los hubiese alterado tanto de no ser porque resonaba al otro lado de la puerta de la cabaña.

La mujer se situó detrás del robusto hombre, que parecía haber adoptado una actitud desafiante a pesar de no portar ningún arma. En dos zancadas llegó a la puerta, que parecía pequeña en comparación a sus dos metros de alto.

La abrió de golpe, ignorando las débiles protestas de su esposa, dispuesto a enfrentarse a lo que fuera.
Y tan solo lo recibió el viento y el agua helada que marcaba el final del invierno y el inicio de la tímida y breve primavera.

Sus ojos castaños recorrieron ávidamente el perímetro de los bosques que rodeaban a la vivienda, sin encontrar nada más que sombras.

Su cuerpo pareció relajarse y de alguna forma, su altura incluso pareció disminuír.

Fue ella la primera en percatarse de que todo había cambiado. Ella, la primera en gritar y correr hacia la entrada, agachándose y recogiendo algo que parecía un montón de pieles malolientes.

Fue su mano la que cerró la puerta y la apuntaló, justo en el momento en el que algo pesado chocaba contra la misma y hacía temblar hasta la última viga de la robusta cabaña.
Y de ella fue el mérito de encontrarla.

Pasaron algunos minutos antes de que ninguno se atreviese a respirar, escuchando aquellos rugidos y gritos que rodeaban la cabaña y la hacían estremecerse, pero sin poder entrar. Contemplaron absortos como el fuego se apagaba y todo se convertía en oscuridad, una oscuridad que casi parecía viva, la lluvia atronaba y amenazaba con penetrar a través del techo de pizarra negra, hecho para resistir la mayor de las nevadas sin inmutarse si quiera y que sin embargo, ahora crujía amenazadoramente.

Pero al igual que había llegado, la tormenta se fue, arrastrando consigo todos aquellos sonidos y devolviendo todo al silencio.
Un silencio tan extraño, que decidieron romperlo al fin, temerosos de lo que pudiera depararles.

- Qué demonios ha sido eso?- dijo el, manteniendo la voz firme. No tanto como sus manos, que parecían temblar como la cabaña segundos antes.

- Y pretendes que yo lo sepa? Pensé... oh, dioses, pensé que...- un quejido interrumpió sus palabras.

El la abrazó sin decir nada y ella se sumió en un silencioso llanto, sin dejar de soltar aquel montón de pieles apestosas.
Se mantuvieron así hasta que algo, dentro de aquel montón de pieles, decidió sujetar la camisa de cuadros de franela que el llevaba, cosa que le hizo apartarse dando un traspié a la vez que maldecía.

- Grace, suelta eso. Se ha movido.

Ella emitió otro extraño quejido y ante el asombro de el, su rostro se dulcificó mientras lo acercaba a aquella, cosa, lo que fuera.

- No puedo soltarla.

- Porqué no?- perguntó el mostrando una leve curiosidad.

Por toda respuesta, ella le tendió el extraño bulto mientras con una mano apartaba las pieles superficiales.

Entonces el compredió lo que tenía ante sus ojos, y aunque sus instintos seguían recordando las circunstancias en las que había aparecidodido, no pudo evitar acercarse a su mujer y abrazarla, mientras el sol mostraba una débil presencia entre el perenne gris del cielo e iluminaba y calentaba toda la extensión de tierra marrón y blanca que se hallaba bajo sus rayos.

En el piso de arriba, un montón de voces infantiles reclamaban atención, unas con palabras, otras todavía con llantos incomprensibles.
Abajo, tres personas se contemplaban fijamente y en silencio, dos de ellas desde la madurez que les confería, la otra, como si ya fuera adulta, cosa que desde luego no era. O al menos, su aspecto era el de un bebé de apenas unos meses, sin embargo había algo... en sus ojos?

15 abr. 2010

Prólogo

Alguna vez habéis pensado que el mundo actúa en contra vuestra?... No ? En serio?

Pues no sabés la suerte que tenéis.


Mi nombre es Shasha, o eso creo, nombre ruso que vale tanto para niño como para niña, acabo de cumplir 16 años y soy muy popular entre las chicas y provoco un extraño odio entre los chicos, quizá porque parezco uno de ellos?... se me da bien el deporte, los estudios, err, depende del clima, y los animales me adoran, tanto como mi familia parece ignorarme.


Vivo en un sitio en el cual la temperatura máxima en verano ronda los 11º C y una distancia corta supera los 3 kilómetros; me desarrollo dentro de una familia normal de 7 hijos , siendo yo la séptima, sin ser la más pequeña. Curioso, verdad?


En cuanto a mi aspecto físico, quizá sea el mayor de mis problemas. Mido 1,73, más que mi madre, cosa que le molesta, tengo el pelo corto y eternamente desordenado, aunque bastante suave y espeso, de color... gris. Si como los viejos. Algún problema?


Mi cuerpo es... haciendo una metáfora, plano cual tabla de surf, y de un grosor similar, aunque no por ello soy débil. La verdad, a parte de mis frecuentes dolores de cabeza y una temperatura corporal inferior a los 34º C, nunca he estado enferma. Ni siquiera me han vacunado, aunque creo que si hubiera enfermado tampoco lo habrían hecho.


Tras todos estos asquerosos datos, os diré que tengo otra rareza. Mis ojos. Ningún defecto en la vista, a no ser que el color se pueda considerar como un defecto...los tengo del mismo color que los perros de trineo, un azul grisáceo claro y sin mácula, del color del hielo suelen decir...


Supongo que por eso viene el mote de bruja de las nieves o chica husky...




Por cierto, nací en invierno, y aunque quizá ya estéis pensando que aqui todo el año es invierno, lo cierto es que no, y es un dato extraño e importante, aunque yo pensaba que no lo era. Tan solo me sentía atraída por el frío y el viento, por los lobos y la oscuridad de la noche helada que tanto odiaban el resto de personas que me rodeaban, porque en los bosques... me sentía como en casa.


Y juro que jamás, jamás, pensé que aquello fuera algo tan importante.






Pero las cosas inexplicables de la vida suelen suceder por motivos igual de inexplicables...